miércoles, 16 de febrero de 2011

Conversaciones entre Grandinetti y Achicori



-          Este país se fue al carajo.
-          Este país se fue al carajo, usted lo dijo Grandinetti - susurró Achicori, en voz baja y persignándose.
-          ¿Por qué hace la señal de la cruz, Achicori? – preguntó indignado Grandinetti – ¿No ve que queda desubicado? Lo cool ahora es tener un amigo puto.
-          La fe es la fe. Mueve montañas – dijo Achicori, acariciando los seiscientos treinta gramos de Beretta 34 que todavía llevaba en su sobaquera; cariñoso recuerdo de su abuelo.
-          A ustedes los tienen de púchinbol mi querido: todo el mundo les pega – espetó Grandinetti, sirviéndose un vaso de whisky triple en las rocas (hechas también de whisky mezclado con agua de glaciar).
-          A nosotros todos nos pegan pero nadie nos mueve. Vamos, Grassi, nomás - dijo Achicori, pegando un saltito que casi ni se vio.
-          ¿Quiere uno? – preguntó Grandinetti luego de mediar el vaso.
-          No, yo desde el Proceso que no tomo más. Ya vi las cagadas que se pueden hacer borracho. Paso de las adicciones- contestó levantando la mano Achicori – Güiners don ius drags.
-          No me diga que cuando prenda este me va a dejar solo tambiên – soltô, decepcionado, Grandinetti, sacando del bolsillo interno del saco un Marley de flor tirando a grueso.
-          No, a ése sí le voy a dar dos sequitas. Pero usted no buchonee – previno Achicori.
-          Usted no está en posición moral de decirme eso. Nosotros nunca fuimos buchones, don, sino más bien, todo lo contrario…
-          Empezamos – dijo Achicori – Usted se olvida que hoy le toca a usted y mañana nos toca a nosotros. Cómo se olvida de eso. Todo el tiempo, y todo el tiempo tengo que recordárselo.
-           No me joda, hermano, ustedes fueron los que entregaban siempre a los otros, los que denunciaban a la hermana que se iba a coger al baldío con el novio, los que botoneaban que el hijo del vecino se copiaba en el examen, los que acusaban a los otros de chorear caramelos en el kiosquito, en fin, los que siempre se chivaban – expuso Grandinetti, pasando el charuto - Nosotros siempre fuimos los que se rateaban de la clase – dijo, sacando pecho.
-          Magnífica palabra española – cambió admirablemente de tema con gran presencia de ánimo Achicori – Chivarse – repitió, y aguantó el humo hasta que la tos le hizo acordar que tenía dos pulmones. – Yo ya estoy. La verdad, tengo que decirle que esto de la marihuana no me parece bien.
-          A mí tampoco, pero es mejor que el paco – dijo Grandinetti.
-          Sí, es mejor pero pega menos – dijo Achicori – Igual, usted, shh – hizo el gesto de un cierre imaginario sobre la boca.
-          Qué loco, la venda en la boca con la media ha pasado de moda. Dígame ¿cómo hace usted para vivir con usted mismo? Usted es la sentina de todos los vicios: fuma, pero que no se sepa, coge, pero que  no se enteren. Usted hace cualquier cosa por quedar bien- la ofuscación de Grandinetti se hizo visible.
-          ¿Yo? Bueno, voy a confesarme todos los fines de semana. ¿Y usted? ¿Que toma como un carrero y que fuma porros todo el día? ¿Porque lo publicita es usted mejor que yo? Vamos.
-          Bueno, yo me concedo las licencias del poder. Estoy en lo que llamaríamos el final de una época buena – dijo, lagrimeando Grandinetti.
-          Eso, eso es lo que le decía – dijo Achicori, a quien ya le había pegado el faso – En el poder uno hace macanas, más si tiene el vicio cerca. Mire que no exagero: un día me levanté y habíamos empezado una guerra contra Inglaterra. . Ojo con los vicios.
-          Pero yo no hago merca – protestó Grandinetti – No soy tan boludo. Ya tuvimos un gobierno de gente que hacía merca, y malvendimos el país.
-          ¿Uno? Ve, si usted no se hubiera rateado tanto de clase, hubiese aprendido a contar. Si, malvendimos el país y ahora tenemos que comprarlo. Ai t´al huevo y no lo pise – recitó, ya con los ojos rojos Achicori.
-          Esta conversación se ha extendido demasiado en el tiempo – se quejó Grandinetti – Voy a dejarlo hasta la semana que viene.
-          Que dios lo bendiga – se despidió Achicori.
-          Guns ‘n Roses – se despidió Grandinetti
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martes, 7 de diciembre de 2010

Un buen texto de Alfredo Casero

Casero publicô esto en La Razon Online. No le pedido autorizaciôn, pero el texto es tan bueno que voy a copiarlo.

HONOR


No es que se maneje mal porque la gente (generalmente) no comprenda las leyes de tránsito, o porque falten leyes de tránsito, sino porque la principal falta que se comete es la peor de todas, la falta absoluta de honor. Cuando se cruzan dos autos en una bocacalle, quien debe dar el paso se supone que lo da porque es su deber como ciudadano, pero por sobre todas las cosas porque es un acuerdo entre todos los que se suben a un auto y se encuentran en una bocacalle. No es que faltás a una norma de tránsito y faltás contra el gobierno, como si existiera una normativa de colegio o de escuela s e c u n d a r i a , faltás al honor, ocupás un lugar que le tenés que dar a un semejante, por egoísmo, o por falta de educación. Si el conductor de un auto no deja pasar una señora mayor, se está comportando como un cerdo, y todos lo sabemos.

Cuando pasás un semáforo en rojo podés lastimar a un tercero, pero si pasás un semáforo en rojo siendo un egoísta, porque es una actitud egoísta la de romper esas reglas que se basan en el honor, y la angurria y el egoísmo son síntomas notables de ser una persona/sorete, te mostrás como alguien sin honor.

Se supone que manejar un auto es manejar un elemento que puede dañar a un tercero, manejar imprudentemente no termina en la multa nada mas, termina en la actitud del que, por ser primero él, por no importarle el otro, se convierte en persona/ sorete. En pocas palabras, cada vez que hacés algo que a alguien puede hacerle daño, aunque a vos te parece que no pasa nada, exponés a un tercero a que le pase.

El exceso de confianza propia te convierte en una persona/sorete; la falta de caballerosidad, la falta de consideración. Si un señor anda sin luces en una carretera, más que jugarse él mismo su propia vida, se está jugando también tu tranquilidad, que venís atrás, confiado, hasta que se demuestre si fué o no tu culpa. Osea, el moco suyo pone la tranquilidad de los demás en juego. Si eso no te importa sos una persona/sorete.

Entre ciudadanos nos damos la posibilidad del honor, ya que todos manejamos elementos que pueden hacerle daño a un tercero. Si no lo ves, si sos egoísta, la culpa no la tiene ni el gobierno, ni el semáforo, ni la ONU, ni Carlos Gardel, sos un desconsiderado, pero vos sos el desconsiderado.

Si chocás un auto y no tenés seguro estás faltando al honor, porque se supone, se entiende, que está en el sentido común que no vas a salir a la calle sin el amparo del seguro, porque, y pasa en muchos casos, hay miles de autos que no deberían transitar por la calle, y miles de autos que no son asegurados por no estar en condiciones de ser asegurados.

Si andás con un auto y no tenés los medios para ponerle nafta, el auto no anda. Pero si no tenés seguro, sí anda.

Por ende, lo primordial para vos es que el auto te lleve, y otra vez pensar que no te va a pasar nada pone en peligro la integridad de quien puede pasarle, porque vos te movés egoístamente sin el seguro reglamentario.

Nuevamente vi como se volaba el elástico de una cama atado al techo de un Falcon, en la Panamericana a la altura de Márquez. Vi como un Peugeot se rompía toda la trompa y como el dueño del elástico de cama se daba a la fuga.

Otra vez, mi pensar que nada va a pasar, puso en juego la tranquilidad y los bienes de la señora que iba en el Peugeot.

Y cuidado, porque la falta de honor es muy grave, porque es una cosa de la que no se vuelve.

Sea la forma que fuere, por mucho o por poco, el que tira basura desde adentro del auto, haciéndose el estúpido, no es más que una persona que no tiene el honor de atesorar la limpieza, que es un bien común.

Y cuando te digo a vos todo esto me lo digo a mí.

Diviértanse como locos este fin de semana.

Chau Casero Experimendosanluis.blogspot.com ¡Leer más!

martes, 23 de noviembre de 2010

Cuando el cine habla

Les paso este tremendo corto cubano. Disfruten.




Segunda Parte

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sábado, 6 de noviembre de 2010

Jaime Bayly escribe sobre los argentinos



El siguiente texto aparecio en la versión electrónica de Perú 21.

Sociedad | Lun. 01 nov '10

El embrujo argentino

Autor: Jaime Bayly

Me llevo bien con los argentinos a pesar de que en Sudamérica tienen fama de pedantes, de presumidos, de mirarnos a los demás por encima del hombro, de no sentirse sudamericanos sino europeos. Y Buenos Aires, aunque les duela a muchos sudamericanos acomplejados que tienen fobia a todo lo argentino (o sea fobia a mí también, porque yo soy argentino por elección, estadounidense por conveniencia y peruano por accidente o por azar), es sin duda la ciudad más europea de Sudamérica y, como a las grandes ciudades europeas, le ha pasado últimamente algo que no la ha hecho perder su esplendor, pero que la ha dotado de cierto riesgo, de peligro soterrado, de sordidez y morbo, y es que la que antes era una elegante ciudad afrancesada se ha convertido en una ciudad no por europea menos sudamericana y tercermundista y mezclada de todas las sangres mestizas y morenas que las demás grandes ciudades del mundo. Del mismo modo que en Santiago hay miles de peruanos y bolivianos con fama de ladrones (y peruanas con fama de buenas nanas y cocineras), en Buenos Aires se entrevera un fascinante batiburrillo de europeos y bolivianos, de australianos y paraguayos, de canadienses y ecuatorianos, de gays refinados holandeses y gays sin un céntimo, pero no por eso menos refinados, que han escapado de algún país centroamericano como Honduras o Nicaragua o Panamá para afincarse en Buenos Aires y sentirse libres en una gran ciudad. Porque Buenos Aires, con sus días revueltos de protestas cotidianas y marchas incendiarias y energúmenos que se conjuran para interrumpir una calle sin que la policía haga nada y los mire con abúlica complicidad, sigue siendo la ciudad más cojonuda y fascinante de Sudamérica, y también la más europea y tercermundista, porque en ella perviven las nobles tradiciones de los que esconden dineros centenarios, aquellas familias distinguidas de Recoleta y Palermo Chico y Martínez y La Lucila y San Isidro y Barrio Parque Aguirre, que ahora tienen que cohabitar con las costumbres vocingleras y folclóricas de los invasores, de los intrusos, de los bolivianos, paraguayos, peruanos, ecuatorianos, colombianos, centroamericanos, muchos de los cuales viven hacinados seis en un cuarto diminuto, pero eso no les importa o les importa poco porque en realidad no viven en ese habitáculo, allí a duras penas duermen cuatro o seis horas diarias apiñados como animales, pues ellos sienten (y por eso eligen quedarse) que en realidad viven en Buenos Aires y no en una madriguera maloliente del Once y que Buenos Aires es sin duda alguna una gran ciudad, una ciudad infinitamente más estimulante y melancólica y hermosa que cualquiera de las ciudades miserables de las que han escapado con admirable coraje, porque los inmigrantes pobres son los grandes héroes incomprendidos de nuestro tiempo, los grandes soñadores, los que todo lo arriesgan en nombre de la libertad. A mí que no me hablen mal de los argentinos ni de la Argentina ni de los porteños siquiera, como si los mendocinos o los rosarinos o los cordobeses fuesen genéticamente mejores que los porteños: no me jodan con ese verso pueblerino, que los argentinos, en lo que a mí respecta, son, ante todo y sin distinción, divertidos, raros, bizarros, pintorescos, todos me caen bien, incluso los que me caen mal me caen bien porque me parecen personajes literarios, no sé si me explico, o sea, me parece que están todos locos pero ellos no se dan cuenta de que están locos, y además se creen que son todos cuerdos, y más que cuerdos, sabios, y más que sabios, brillantes, creativos, talentosos. Les reprochan a los argentinos que hablan mucho y que se dan aires de sabihondos. Pues es eso precisamente lo que me hechiza de ellos: escucharlos decir sus chácharas, sus versos, sus embustes, sus trampas pendencieras, porque los argentinos más divertidos son siempre los más mentirosos y los más tramposos y los más canallas, esos son los que mejor me caen y de los que más fácilmente me hago amigo. Todo argentino es un entrenador de la selección de fútbol de su país (y si lo dejan, de la de España también). Todo argentino es presidente de su país (y si lo dejan, dictador de Cuba también). Todo argentino tiene el plan perfecto para que Estados Unidos salga de la crisis (y si lo dejan, para que el mundo entero salga de la crisis, o al menos Occidente, quizá si le hablas de África o el Medio Oriente ya no tiene la cosa tan clara, pero a mí una vez un taxista argentino me aseguró que había conocido a Bin Laden, que había conversado largo y tendido una noche en una carpa con Bin Laden y que el plan original de Bin Laden no era derribar las torres gemelas sino hundir la isla entera de Manhattan y que en realidad, y esto el taxista lo sabía muy bien, sólo que era un secreto que debía preservar, Bin Laden estaba severamente deprimido porque sus terroristas sólo se tumbaron las torres pero no hundieron la isla de Manhattan). Todo argentino es un profeta, un visionario, un iluminado. Todo argentino sabe. Sabe y sabe todo. Sabe más que nadie, sabe más que vos y que yo y que cualquier boludito del orto. Todo argentino está de vuelta, nene. Todo argentino tiene respuestas a todas las preguntas, incluso si no entiende las preguntas y si al responder ni él mismo entiende lo que está diciendo. Pero responde. Opina. Habla. Sentencia. Se la juega. Arma el equipo. Ordena el país. Gobierna el mundo. Gana las guerras. Divide a los buenos de los malos, a los decentes de los chantas. Y todo argentino habla y habla y habla y no para de hablar. Y no importa ya si lo que dice tiene sentido alguno (porque bien pronto uno advierte que todo carece de sentido y que el embrujo de la Argentina radica en que nada tiene sentido racionalmente y, sin embargo, todo es fascinante y hechicero y es allí donde quieres quedarte hasta morir), lo que importa es que el argentino habla y no para de hablar y tiene opiniones de todo y sobre todo y además opiniones enfáticas, terminantes, sin concesiones, atrabiliarias, procaces (digamos que todo argentino es Maradona o quisiera serlo), opiniones en las que en dos minutos pone al mundo en orden y luego llega a su casa y es el caos y la mujer lo manda al carajo y recién entonces se calla el argentino. Pero en la calle no se calla: en la calle, en los taxis, en los cafés, en las barras de los bares, en los colectivos, en ciertas esquinas del centro, el argentino habla y habla y está siempre dispuesto a hablar, a opinar, a tomar partido, a encenderse, a ponerse bilioso, agresivo, pasional, italiano, exasperado, a ponerse a gritar y a discutir con nadie, porque muchos hablan sin que nadie siquiera los escuche, pero es eso lo que me fascina del argentino: que no para de hablar y que tiene una opinión concluyente y arbitraria sobre todo lo divino y lo humano y nada hace más feliz a un argentino, sea rico o pobre, macho o puto, vago o más vago, que sentarse en un lugar cualquiera de la ciudad, pedir empanadas, pizzas, vino, sangría, cerveza, (pero sobre todo empanadas y pizzas), y dispararse a hablar (quiero decir, a gritar) sobre cualquier cosa y pasarse horas de horas hablando y hablando (quiero decir, gritando) y sentenciando cosas y resolviendo crisis y deshaciendo entuertos y dándole un sentido al caos del mundo con el fragoroso y torrencial caos verbal que encierra a los argentinos en una suerte de gran torre de babel en la que todos hablan el mismo idioma y sin embargo nadie se entiende, nadie puede entenderse, porque cada uno se siente el dueño absoluto de la razón y entonces el argentino es por definición un hablador, un predicador, un charlatán, un mitómano, un embustero y, ante todo, un enemigo visceral del silencio y la conciliación, porque si bien todo argentino está dispuesto a hablar aunque nadie lo escuche, siempre prefiere discutir con otro y si es posible a los gritos y luego irse a los golpes y agarrarse a piñas y enseguida cada uno consigue a una pandilla de vándalos ambulantes y se organizan dos bandos opuestos con armas blancas que resplandecen en la penumbra de una noche de luna llena y, ya dispuestos a matar y morir, los conjurados cortan una calle y se enzarzan en una feroz riña callejera por algún asunto pasional (generalmente una pasión que tiene que ver con el fútbol, con la política o con el orgullo nacional, que son tres síntomas de la misma enfermedad, la enfermedad incurable de ser argentino) y entonces el argentino, ya liado a golpes contra otro argentino, y sin recordar bien por qué diablos comenzaron a pelear en primer lugar, revela que posee algo en sus genes enloquecidos e histriónicos que sin duda no tenemos los demás sudamericanos apocados: una fe ciega en sus opiniones (aun si no sabe lo que va a decir y se encuentra improvisando en medio del camino) y un coraje para morir en una batahola callejera defendiendo esas opiniones por las que él está dispuesto a dar la vida pisoteado por un caballo de la policía que defecará sobre su cadáver heroico. Por eso amo a los argentinos, a todos en general y a uno en particular: porque no paran de hablar y gritar y tragar empanadas y engordar más que sus vacas y discutir y pelear y agarrarse a golpes y matarse y, si sobreviven, entonces lloran desconsolados por el muerto al que la semana pasada insultaban y querían matar, cuando en realidad la cuestión en disputa, puestos dos argentinos a pelear con arma blanca en un callejón en la penumbra, es algo que ninguno recuerda ya bien, o es una puta cualquiera cuyo nombre ambos ignoran.
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miércoles, 27 de octubre de 2010

Haciendo leña del Néstor caído



Ha muerto Néstor Kirchner, hoy a la mañana. Uno de los analistas políticos de Clarín, Eduardo van der Kooy, ha hecho el siguiente análisis:


¿Ahora entienden por qué Kirchner le había declarado la guerra a Clarín? El titular centrado en "Gran Diario Argentino" sugiere la inestabilidad política inmediata, y utiliza dos tipos de textos teatrales diferentes para ilustrar su idea con una metáfora pobre, según mi punto de vista. ("Tragedia" y "Drama" son metáforas bastante repetidas. Lo de "condenado" es un poco más grave) . En el audio de van der Kooy se habla de un futuro "incierto" en cuestiones políticas.

Según he aprendido, lo que ha escrito van der Kooy es un ensayo (un essai) o intenta serlo, dado que tiene opinión. "La desaparición de Kirchner es la desaparición del hombre fuerte" "Como logrará Cristina conducir el peronismo y el kirchnerismo" Son preguntas válidas y estructuras válidas. No tiene nada de malo que un periodista se pregunte esas cosas y lo haga públicamente. Lo malo es que el diario lo ponga en primera página, que el diario acepte un título como ""Un país que parece condenado a vivir entre la tragedia y el drama”.  Para ser claro: el diario está poniendo en primera página que el país se termina luego del velorio de Kirchner. ¿Trabajarán alguna vez estos muchachos del diario por el bien de los argentinos?

El diario está asumiendo que sin K, el país se cae. ¿Sus titulares ayudarán a hacerlo caer, creando otro gobierno militar, o se les ha ocurrido alguna idea nueva?
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sábado, 23 de octubre de 2010

Ateísmo y religión

Por algún motivo que desconozco, los lectores de este blog siguen floreciendo. Es una rareza y un placer para mí encontrar algunos de los mensajes bien escritos y elaborados que algunos de ustedes mandan. También es una sorpresa para mí encontrar los múltiples mensajes de personas que me mandan a la mierda. Esos me los guardo para los días fríos de otoño.

Entre las personas que más entran a este blog, están los ateos. Yo he explicado en otro post que ser ateo equivale para mí a ser creyente: es tener todavía una seguridad. Yo no sé si Dios existe o no existe, de lo que sí tengo pruebas es de su incurable procastinación. Pero lo que sí sé que existe es la religión, o más bien, las religiones. Y en este punto, ver este video me ha ayudado a comprender la lógica de las religiones.

Espero que lo disfruten y que vean otros. Se trata del enorme George Carlin, (fallecido el año pasado), que era un tipo con una lógica impecable para hacer humor. Busquen sus espectáculos en la web, hay varios en youtube.

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¿Pero cómo no entiende usted?

Una de las exigencias rutinarias de todo aquél que vive en Buenos Aires es aquella de entender rápido, pues nadie tiene tiempo de explicar. Si uno no entiende, bueno, se va al tacho, se jode, por imbécil, por boludo. No entender es en Buenos Aires sinónimo de no participar, de quedarse afuera.

Yo trato de partir de la premisa de que soy un ignorante. Algunos de mis amigos intentan convencerme de lo contrario, aduciendo que he leído unos cuantos libros. Les respondo que soy un ignorante en geotermia, en medicina, en cuántica, en matemáticas (me la llevé cuatro de cinco años del secundario). O sea, que cuando usted entra a este blog, tiene que saber que yo me arrogo el derecho a pensar y decir que el que está leyendo a un estúpido es usted.
No ser infalible me permite varias cosas: la primera de ellas es equivocarme sin por ello condenarme a muerte. Uno de los deportes nacionales argentinos es condenarse a muerte luego del fracaso. "Pero, Mirta, no ves que he fracasado? Me condeno a muerte" La muerte de la que habla ese personaje no es otra que la inacción, la falta de fe. La persona que fracasa (o al menos eso pasaba en mis barrios) no es bien vista. Debo añadir que la persona que tiene éxito tampoco y que por mis barrios ni siquiera el cura se salvaba de ser despellejado impiadosamente por las venenosas lenguas de las vecinas  italoargentinas (con las cuales el buen presbítero no mantenía comercio carnal). Aquellas que sí mantenían comercio carnal con él hablaban maravillas del "padrecito".


Siempre me pregunté si no había algo que funcionaba mal en mi cerebro. (Todavía no he respondido a esa pregunta, probablemente en algún momento me haga una tomografía). Yo no entendía cuando alguien me decía "¿Entendés?" Soy una persona que necesita explicaciones largas, con pelos y señales. Pero muy pocas personas son capaces de explicar, en mi barrio, por qué no se puede o debe hacer tal cosa.

Creo que yo tenía ya veintiún años y estaba buscando excusas para irme de la iglesia. Me busqué la excusa más tonta: dejarme una barba. Creo que esta anécdota ya la conté, en Una Experiencia Religiosa. Pero lo que no conté fue la discusión que tuve con mi superior antes de cortarme la barba. A mí me parecía muy normal dejarme tres pelos de barba, porque Jesús había tenido una. La respuesta de la superioridad fue que me callara y que me dejara de joder, de paso, afeitándome. "Acá no queremos comunistas". Yo, que por ese entonces no había leído nada de economía, no sabía lo que era realmente un comunista. Jesus era comunista entonces?

- No seas blasfemo - me reprendió el pastor general
- ¿Por qué blasfemo? - pregunté sorprendido.
- Solo los comunistas usan barba 
- Jesús entonces era comunista.
- El comunismo no había sido inventado entonces.
- ¿Entonces a partir de la invención del comunismo, todo aquél que porte una barba es comunista?
- Sí - me respondió el pastor general.

Ahora sé que se engañaba y que solo se fijaba en mi barba para no fijarse en la cantidad de miembros masculinos que pasaban por sus ojos (y probablemente su ano). Tengo una barba y no soy comunista. Al parecer, en el mundo hay lugar para todos.
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